Lola López Mondejar
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Actualidad / Opinión - 30/04/2012
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Actualidad / Opinión - 9/04/2012
“ Una imagen vale más que mis palabras A duras penas logra este tópico encubrir el antiintelectualism... Leer +
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Cuando dicen escritores, ¿incluye el hablante a las escritoras?
Actualidad / Opinión - 14/03/2012
A propósito del debate generado por el artículo del académico Ign... Leer +
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Publicado: 30/04/2012
Espartacus
Volvemos a ver Espartaco (Stanley Kubrick, 1960), el hombre cuya dignidad se anticipa desde los primeros fotogramas: el rebelde, el ser humano que, privado de su libertad, esclavo, considerado como un animal por los patricios romanos que le compran y le venden, que le hacen luchar como gladiador hasta la muerte para divertirse, sigue defendiendo su humanidad: “Soy un hombre”, repite, grita.
Primo Levi titula de modo parecido el primer libro de su magnífica trilogía sobre los campos de exterminio nazi. ¿Hasta dónde es humana la vida humana?
¿Es humana la vida que nos espera? El futuro de depredación económica, de desprotección sanitaria y educativa, sin trabajo ni posibilidad, por tanto, de un proyecto trascendente para los jóvenes, un futuro sin derecho a la protesta, ¿es todavía humano?
¿Hasta dónde esperaremos los ciudadanos para rebelarnos? Hay muchos conceptos que expresan la necesidad de que las condiciones para la revuelta estén maduras, pero ninguno parece morder la realidad. Somos hombres y mujeres, somos humanos. Son humanos los inmigrantes, y los jóvenes mayores de veintiséis años, y los ancianos que cobran pensiones de miseria, que ayudan a sus hijos con sus nietos cuando aquellos trabajan, o les socorren si están en paro. Son humanos.
La creciente deshumanización de los estados, de los gobiernos, plegados al mercado, al capitalismo más feroz, no puede dejarnos indiferentes.
Me decía una amiga hace unos días: “Estamos solos, nadie nos protege”, comprobando una vez más, y otra, la lejanía del estado de las necesidades –humanas – de sus ciudadanos.
Nos falta un Espartaco, muchos espartacos. Hombres y mujeres dignos que lideren la protesta. Una protesta que tiene que reinventarse a sí misma, pues, como dice Rafael Poch en un excelente artículo, Europa se encuentra en una divisoria, o repetir 1930 (cuyos indicios los encontramos en el darwinismo social, el racismo y el auge del discurso y la práctica de la extrema derecha –ese ascenso de Marie Le Pen en la primera vuelta de las elecciones francesas – ); o repetir 1848, una “primavera de los pueblos” internacionalista, ciudadana y social.
Pues eso, nos faltan mujeres y hombres como Espartaco.
Publicado: 9/04/2012
Publicado: 14/03/2012
Hombres y Mujeres
A propósito del debate generado por el artículo del académico Ignacio Bosque en El País hace un par de semanas, artículo que celebro, no tanto porque esté de acuerdo con todos sus términos, sino porque creo que es bueno debatir y, a ser posible, consensuar los aspectos que nos acerquen progresivamente a un lenguaje menos sexista, pero fluido y adecuado, que visibilice a las mujeres; a propósito del debate, decía, quiero hacer algunas apreciaciones.
Cuando se habla de escritores, ¿incluye el hablante a las escritoras? Aparentemente sí, compartirán conmigo. Pero la realidad muestra otra cosa, como tantas veces he querido mostrar en este blog. Veamos porqué.
Se publican tres veces más libros de autores que de autoras, se reseñan menos libros de autoras que los que serían proporcionales a los publicados. En cualquier suplemento literario, cuando se trata de traer la opinión de los “escritores”, las escritoras brillan por su ausencia o están apenas representadas. En cualquier festival, encuentro, congreso, el porcentaje es el mismo. El canon es cosa de escritores varones, blancos, occidentales. Las academias de la lengua también (siete mujeres en 200 años, en la española, da buena muestra de ello).
Estos y otros muchos hechos, nos hacen pensar que cuando se piensa en escritores, las escritoras están ausentes de las mentes de los hablantes.
Otro tanto podríamos decir de las directoras de cine cuando se dice “directores de cine”. La cosa es aún peor en el séptimo arte, donde apenas un 7% de los “directores de cine” son mujeres.
Las mujeres artistas tienen tres veces menos posibilidades de ver su obra en una galería, museo o feria que los hombres artistas. La ausencia es tan flagrante que los gestores sensibles a esta desigualdad se ven obligados a inventar espacios específicos que muestre la obra de las escritoras, las directoras de cine, las mujeres artistas, con lo que queda al margen del concurso general, de los espacios de poder hegemónicos, protagonizados por los varones. La prensa se hace eco de estos, pues pasan por ser una convocatoria general (de literatura, de cine, de artes plásticas), pero ningunea a menudo los ciclos específicos concebidos desde una posición de género, que aparecen como particulares (esto es, “de mujeres”).
En vista de lo anterior, podríamos decir que el masculino genérico (escritores, directores, pintores, escultores, músicos..) invisibiliza a las mujeres, no porque las mujeres se sientan excluidas de él (nos sentimos escritoras, directoras, artistas, pintoras, inmersas en el grupo al que el masculino hace referencia), sino porque en la mente de quien dice y escucha esa palabra la representación predominante es la de un hombre. Y esa representación guiará su acción, volviendo a invisibilizar, en los actos que se derivan, a las mujeres.
La Academia nunca fue sensible a estos hechos, pues cuando piensa en un nuevo académico, piensa – a los hechos me remito – en hombres. Pero sí que ha mostrado su contrariedad por estas guías de uso del lenguaje no sexista que, a su juicio, contrarían la lengua. Llama la atención que no haya sido la misma Academia quien haya liderado hace tiempo un movimiento de reforma para adecuar nuestro español a los nuevos usos que la igualdad de las mujeres le exige.
Así son las cosas, y solo un proceso paralelo de transformación social y del lenguaje, sin caer en excesos artificiales, pero siendo sensibles a esta ocultación implícita, cambiará este orden de cosas.
Publicado: 7/03/2012
Neandertal pablorpalenzuela.wordpress.com
En las magníficas y didácticas instalaciones del Museo de la Evolución Humana, en Burgos, se exponen los restos de un “anciano” de cuarenta y cinco años, antecesor nuestro, que vivió hace 500.000 años y, según los especialistas, habría sufrido un accidente o una enfermedad que le ocasionó dificultades insalvables para procurarse sus propios alimentos. Los paleontólogos suponen que la supervivencia de este espécimen, a pesar de sus dificultades, se debió a que su grupo de iguales , lejos de abandonarlo a su suerte, se hizo cargo de él, dándole atención y cuidado. Esto significa que la organización grupal tuvo que contar con este miembro “improductivo”, y dotarse de medios para asistirlo, iniciando una cooperación sin precedentes.
La humanidad nace a partir de ese gesto solidario que nos separó de la lógica del más fuerte, de la mal llamada (dado que entre algunos animales encontramos también estos gestos de cooperación) ley de la jungla. La historia del ser humano ha sido hasta ahora la de la conquista por separarnos de esa ley bruta del más fuerte, y acercarnos progresivamente a una sociedad más humana, solidaria, donde el cuidado de sus miembros más débiles y desfavorecidos corra a cargo del grupo.
El estado de bienestar, protector y bondadoso (hablaremos otro día de la bondad), no es más que la concreción de estas aspiraciones, la institucionalización de un orden que atiende a sus ciudadanos por igual, y contempla las necesidades del más débil, y del fuerte en momentos de enfermedad, disponiéndose a solventarlas con la cooperación y el esfuerzo de la ciudadanía.
Sin embargo…, sin embargo, desde hace unos años estamos asistiendo a un retorno de la ley de la selva, del sálvese quien pueda; a la instalación en las conciencias, cada día más pragmáticas, individualistas, exiguas y amorales, de la ley del más fuerte. Las declaraciones de Patricia Flores, que se preguntaba si tiene sentido que un enfermo crónico viva gratis del sistema, son la expresión de un retroceso sin precedentes en la idea de un estado que protege a los débiles, con criterios no pragmáticos, sino de dignidad humana.
Si los enfermos dejan de estar protegidos (y además de enfermos se empobrecen y entran en el campo de la marginalidad social), los desfavorecidos se abandonan a su suerte, los salarios son de miseria, y las diferencias entre las clases sociales se acentúan, convirtiendo a los trabajadores prácticamente en esclavos del empleador, entramos de lleno en el abandono de cualquier idea de humanidad, para retroceder a una convivencia regida por la ley del más fuerte.
Los estados occidentales, identificados con los intereses de la banca y del capital, han abandonado el ideal de equidad, de gestión de las desigualdades y de la convivencia que se les encomienda, y sustituyen su función protectora, humanitaria, su deber de velar por los más débiles, por una alianza con los mercados y el capital, abandonando a sus ciudadanos y ciudadanas a la brutal ley de la selva.
Y nosotros, pobres salvajes, estamos perplejos.
Publicado: 16/11/2011
Los invasores
No parecen bárbaros y lo son, vienen con sus maletines negros y sus trajes caros de corte impecable. Nadie les ha elegido, las urnas no conocen sus nombres, pero ellos desembarcan de sus cargos económicos para dirigir los destinos de los países invadidos. Son los nuevos invasores. Ya gobiernan Grecia e Italia, mediante operaciones de rescate o de intervención. Nótese el vocabulario bélico, aunque no les hizo falta guerra alguna, las víctimas de sus operaciones invasoras, de sus regulaciones, de sus exigencias de amos absolutos, se cuentan por millones.
Se pasean con aura de salvadores por territorios previamente asolados, empobrecidos por operaciones llevadas a cabo cuando nos gobernaban desde sus anteriores cargos, como si la misma sabiduría que los empobreció sirviese ahora para salvarlos. Deciden, manipulan, mandan.
Nadie parece oponérseles; no hay ejército de independencia, ni guerrilla, ni resistencia que haga frente a sus estrategias de intimidación, o, si los hay están desactivados. Son los nuevos invasores de un imperio sin fronteras, virtual, casi evanescente, que está imponiendo al mundo la vieja esclavitud.
Los esclavos
Van por carreteras secundarias, discretamente, en viejos coches o en bicicleta, buscando a los propietarios de los huertos, o por los campos, cuando se acerca el tiempo de la cosecha. Buscan empleadores, pequeños propietarios que no pueden hacerse cargo solos de la recolección de aceituna, de un riego, o de cualquier otra costosa tarea agrícola. Se acercan y preguntan, y ofrecen su trabajo por una suma irrisoria: cinco euros la hora.
Cinco euros la hora recogiendo aceituna, cuarenta euros las ocho duras horas de trabajo. Un escándalo, el nuevo rostro de la esclavitud. Es o eso o nada, me cuentan, o eso o nada. Nada con que comer, nada con que pagar el alquiler, nada de nada.
Publicado: 7/11/2011
El pasado jueves presenté junto a Pascual García, en el Museo Ramón Gaya, el último libro de relatos de Irene Jiménez, La suma y la resta. Irene es una joven escritora nacida en Murcia, pero que reside desde hace tiempo fuera de aquí. Una excelente narradora.
Cuando releí los siete relatos de Irene para elaborar mi presentación regresaba de Madrid en tren, y volvió a sorprenderme, como lo hiciera este verano por primera vez, su maestría para contar. Entre un relato y otro, admirando sus constantes hallazgos, me volvía hacia mi acompañante para decirle lo buenos que eran. Son
relatos sobre jóvenes, sobre sus contemporáneos. Entrelazados en una red que los une, que los convierte casi, lúdicamente, en una novela, los siete relatos trazan una geografía, un micromundo que nos interesa. Están tan bien escritos que el lector se sumerge en ellos dulcemente, sin oponer ninguna resistencia al asunto que nos quiere contar. El título tiene que ver con el carácter fluido, casi líquido –gustaría decir a Bauman – de sus protagonistas; que transitan entre amores y desamores, ganancias y pérdidas, acontecimientos vitales que los marcan, pero cuyas heridas cicatrizan en silencio, discretamente, mientras siguen adelante con su vida.
Dice la narradora del que titula Sesi:
A Gloria le gustaba simplificarlo todo: le encantaba utilizar refranes en las situaciones adecuadas, y elaboraba teorías sencillas para que la gente que la rodeaba comprendiera al vuelo los secretos de la existencia. Una de sus teorías, por ejemplo, era la de la suma y la resta. A decir de Gloria, mucha gene entendía la vida como una resta, la de todo aquello que nunca iba a poder hacer.
Pero la vida había que entenderla como la suma de lo que se había hecho, porque así el resultado no era equivalente, sino siempre superior.
La suma y la resta, lean este libro, contiene sabiduría y verdad sobre la vida, sobre el amor y el olvido, sobre nosotros.
Publicado: 9/10/2010
Vuelvo de París con una maleta repleta de libros –aprendo a viajar con la maleta vacía, para regresar con la expectativa de su lectura compensándome por la vuelta –. Entre ellos, quiero comentar hoy Le conflit, la femme et la mére.[i].
Nos encontramos ante unas tesis que están librando una intensa batalla en Francia, y que hace unas semanas empiezan a ser comentadas en nuestro país (he leído artículos de Carmen Posadas y Celia Amorós) , a pesar de que no me consta que aún contemos con la traducción al español del texto.
Elisabeth Badinter, conocida ensayista e historiadora francesa, publicó hace 30 años un libro igualmente controvertido: L´amour en plus, cuya traducción fue entonces: ¿Existe el instinto maternal?, en el que analizaba el mito del amor materno como una construcción social, histórica y culturalmente determinada, analizando el discurso y el comportamiento maternal en Francia a lo largo del siglo XVII al siglo XX, mediante una investigación socio-histórica que confirma esta tesis.
Treinta años después la pensadora vuelve al tema del amor materno para confrontarse con las nuevas tendencias naturalistas que la extensión de La liga de la leche, que postula una lactancia materna hasta los tres años de vida del niño, ha difundido entre las madres, con la complicidad de una literatura pediátrica muy activa.
El bebé, dice Badinter, se hace así aliado del patriarcado para hacer regresar a las mujeres a sus hogares, al ser colocado por encima de las madres, que son juzgadas como antinaturales si mantienen deseos profesionales o de cualquier otro tipo por encima de él.
Estas exigencias extremas alejan a muchas jóvenes de la maternidad. El libro, escrito en un lenguaje claro, defiende la necesidad de que las mujeres puedan acercarse a la maternidad de modos diferentes, articulando sus deseos según sus propios criterios, sin sentirse culpables de ellos.
Es imposible definir un comportamiento natural propio de la especie humana, defiende, y por tanto, es cada mujer quien debe integrar la función materna con los demás aspectos de su vida.
El mito del amor maternal es uno de los últimos amparos que nos quedan, de ahí que las voces en contra de este desvelamiento se multipliquen.
Hacia el final del ensayo, Badinter apunta una solución a la caída de la natalidad en los países desarrollados, analizando la constancia de la tasa francesa, 2,1 hijos por mujer en edad reproductiva. La clave, señala la autora, está en la peculiar concepción maternal de la cultura francesa desde el siglo XVII. Las mujeres francesas establecen vínculos más distantes con sus hijos, y mantienen sus lazos sociales, su trabajo, su vida erótica, porque su cultura así lo ha preservado desde siglos atrás. Menos exigidas que las madres de otros países, las jóvenes francesas no temen tener hijos, concluye, poniendo el dedo sobre la llaga del rechazo creciente de la maternidad (29% para las alemanas) que alarma a los gobiernos.
En resumen, un libro lleno de cuestiones para pensar, de reflexiones para debatir, de conversaciones, si es que nos encontrásemos en una geografía donde el debate y la discusión interesasen a alguien.
Publicado: 24/09/2010
Pues eso, de niña recibí una estricta educación religiosa. Hasta los trece años cursé mis estudios en un colegio de las Hermanas de la Caridad, y conozco el catecismo, la sagrada Biblia, el Antiguo y Nuevo Testamento y, por supuesto, todos los preceptos que se derivan de ellos. De ahí que, en mi candor inocente –valga la redundancia- siempre haya pensado que los conservadores de derechas, al ser religiosos, eran gentes de una caridad cristiana a prueba de neoliberalismo. Creía que para ellos, como para San Francisco de Asís, todas las criaturas de Dios tienen derecho a la vida, luego su gobierno nos alejaría consecuentemente de cualquier conducta racista. Estaba convencida de que cuidarían a los desamparados y a los pobres, porque Jesús les llamó bienaventurados y dijo que de ellos sería el reino de los cielos.
Que distribuirían la riqueza según les enseña su doctrina cristiana, ya que: es más difícil que un camello entre por el agujero de una aguja que un rico en el reino de los cielos. Pensaba, qué imprudencia, que serían fieles a sus esposas, transparentes en sus conductas, honestos con el dinero ajeno, generosos con el propio. Todas las virtudes, en suma, que se desprenden de las enseñanzas de su religión.
Pero me equivoqué. El mundo está hecho un reino del revés, como el de la canción que les cantaba a mis hijos cuando eran niños. Ahora que ha caído de mis ojos la venda de la candidez he descubierto la clave para comprender a la derecha: los conservadores católicos hacen lo contrario de lo que les enseña la fe que profesan. Eso es todo. En el mundo del revés, parece que sea la izquierda, tan laica, tan irreverente con la Iglesia, tan materialista, la garante de esas y otras conductas éticas que los católicos y sus sacerdotes –que se suponía castos y, por supuesto, cariñosos y tiernos con los niños- parecen haber olvidado.
Ana Botella dijo así:“La Cenicienta es un ejemplo para nuestra vida por los valores que representa. Recibe los malos tratos sin rechistar, busca consuelo en el recuerdo de su madre". Es cristiana, cree que la mujer ha de ser sumisa, y casa a sus hijas en bodas llenas de invitados corruptos vestidos de etiqueta. Por eso, debe de ser por su catolicismo a ultranza, piensa que son los pobres, los sin techo, los desahuciados de la sociedad que acude a sus bodas, quienes tienen la culpa de la suciedad de las calles de Madrid.
Qué tonta era yo. Ahora sí lo entiendo todo.
















